Es curioso. Este fin de semana nos ha dejado Ángel González, por encima de todo poeta, pero también hombre de su tiempo que no siempre supo aceptar la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros. No debe ser fácil ser un primer espada en un país habituado a soldados raso. Gracias a alguna de sus líneas aprendí que quería decir “prohombre”. Y a día de hoy, he de decir que aún no lo he olvidado.

Extraido de Áspero mundo, aquí dejo Para que yo me llame Ángel González, sin duda, la mejor declaración de intenciones posible.

S.T.T.L.

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…