Han pasado años y paños desde que el Lleida nos sentenciase a muerte. Que yo recuerde fueron dos años promocionando como campeones, tirando de la cuerda hasta que se rompió… Entonces vinieron los malos gestos, las palabras malsonantes, las supuestas malversaciones, la caída del Pichón de Roces como mito y la única alegría de ver a Luis Enrique vestido de blaugrana. De ahí al divorcio solo había un paso y, tras una primera temporada en Segunda División, decidí dejar de pagar… ¿Pagar por ir a sufrir? ¿Para qué?
Pelayo ataviado de sportinguista
La verdad es que el descenso del Real Oviedo ayudó bastante. Claro síntoma de lo que pasaremos a denominar una enfermedad del contagio por estupidez o “mal de muchos consuelo de tontos”.
Lo cierto es que ya me había acostumbrado a esta situación, y me atrevo a decir sin vergüenza que el año pasado tuve pánico escénico ante la posibilidad de un ascenso a Primera. ¿Jugar en el Bernabeu? Nos veía como a Paco Martínez Soria llegando a la gran ciudad. ¿Tendríamos dinero para venir en avión o lo haríamos en ALSA como buen asturiano estafado de pro?

Hoy, sin embargo, estoy muy contenta y orgullosa de mis guajes.
Pero, no olvidemos una cosa:
“Real Sporting, de ti esperamos más”.