Llevaba varias semanas con la idea en la cabeza de acercarme a la exposición de Francis Bacon en el Prado pero, entre excursiones, escapadas y empeños varios, parecía que la visita no hacía más que retrasarse. Hasta que ayer, gracias al maravilloso servicio de venta anticipada del museo que por el módico precio de un euro extra te evita chuparte las guiricolas de aúpa, pude tachar ese to do de mi lista.

La muestra es a todas luces, y sé que no descubro nada nuevo, imprescindible. Sobrecogedora de principio a fin. Las 62 obras que componen la exposición permiten vislumbrar la mente de un artista extraordinario capaz de convertirse en su crítico más severo. Huelga decir que más de uno se llevaría las manos a la cabeza al saber la cantidad de cuadros que el artista destruyó en su momento por considerar que “no estaban a la altura del resto”. Vamos, a años luz de Dalí, famoso por firmar lienzos en blanco solo para oír sonar un poquito más la caja registradora…

La obra de Bacon es una superposición de miedos y de auténtico lado oscuro latente en cada uno de sus cuadros que obligaría a poner un “Prohibido el acceso a menores de 14 años” en la entrada. En mi casa, por ejemplo, siempre ha sido siempre un episodio muy recordado los gritos que pegué cuando con 6 años ví “Saturno devorando a un hijo”. Solo el mamut del Museo de Ciencias Naturales pudo consolarme… Y es que, conviene recordar que si ya el Prado de por sí cargado de mártires, muertes violentas y alegorías extrañas ponen los pelos de punta a los más pequeños, la expo del irlandés convierte a esta pinacoteca en un sitio aún más fascinantemente tétrico.

Como gritaba una niña a su padre mientra la sacaba en brazos de la exposición: “Me da miedo toooooooodo”. Tomen nota señores progenitores y miren bien dónde llevan a su querida prole.