Hay tres escuelas de críticos y dos de ellas deberían desaparecer. Tenemos en primer lugar a los periodistas profesionales que hacen un gran trabajo cuando se les encarga cubrir una información, pero que, enfrentados a la tarea de reseñar un libro, una obra de teatro, una película o un concierto, se ven asaltados por el súbito deseo de demostrar que son “escritores”.
Luego, están los aficionados, a menudo rivales (o, aún peor, amigos) de las personas cuya obra reseñan, que, ante la perplejidad o la decepción de los lectores, se dedican a defender sus intereses personales. En ambos casos el resultado suele ser una reseña en la que el autor se olvida de describir el contenido de los que está criticando, tal es su ansia de exponer sus opiniones, sus caprichosas intuiciones sobre el significado de la obra, sus descabelladas interpretaciones sobre las intenciones del autor y, cómo no, lo que confía en que sea un veredicto que haga época. […]
Visto/Oído en El periodista universal de David Randall.
Tras leer la Rockdelux de este mes, me ha venido este fragmento a la cabeza. No digo nada más.
-No fui yo quien le trajo aquí, Bartleby- dije yo muy dolido por su sospecha implícita-. Y, para usted, este tampoco debería de ser un lugar tan vil. Nada reprochable se le puede imputar por estar aquí. Y, mire, no es un lugar tan triste como podría pensarse. Mire: ahí está el cielo, y aquí la hierba.
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