Hace unos días se anunciaba el cierre oficial de Naval Gijón, astillero complejo e histórico donde los haya. Muchos de nosotros hemos vivido las innumerables correrías de los trabajadores y los policías calle arriba, calle abajo. Aún recuerdo el día que la trifulca se montó a la salida del instituto. Algunos de nosotros buscamos refugio en los portales de la Avenida Fernández Ladreda -hoy Avenida de la Constitución- y otros decidieron unirse a los manifestantes lanzando huevos, globos, estuches y libros. Aquel día, las pelotas de goma fueron respondidas por libros de Física y Química y apuntes de Literatura… Cosas que pasan.

Aunque no he simpatizado nunca al 100% con la problemática de los astilleros, amén de la productividad, de la falta de inversores, de la competencia asiática y del rechazo total de la plantilla a la tan manida reconversión… Sí que siento su cierre como algo extrañamente cercano. ¡Qué demonios! Mi casa está al lado del Palacio de Justicia, ¡cómo para no…!

Desde hace unos años, tanto Naval Gijón como Juliana se han visto rodeados por un cerco de viviendas, tirando a carillas, cuyo principal encanto eran unas fabulosas terrazas de cara al Cantábrico. Resulta paradójico, cuanto menos, ver esa mole de grúas aprisionadas por la fiebre del ladrillo.

Hoy, Soitu hace acopio de memoria y vuelve a publicar el estupendo reportaje fotográfico de Javier Bauluz, único premio Pulitzer que atesora el periodismo español y cabeza pensante detrás de Piraván. Resulta fascinante poner rostro a una situación que siempre estuvo tan cerca y alrededor de la cual llegó a girar toda una ciudad.