Tras la pausa estival, Ni bucolica, ni panfletaria, regresa a sus pantallas con pocas novedades, algo más morena que se fue y con unos cuantos kilómetros más encima. Y es que de Madrid a Panamá pasando por Atlanta y tiro porque me toca Suiza, dejan a una como unos zorros, pero feliz como una perdiz. No se lo voy a negar.
Si bien Panamá ha sido bastante insulso respecto al tema musical -en algo tenía que flaquear este viaje-, Suiza se ha convertido en el lugar idóneo para reencontrarse con los sonidos de la adolescencia.
He de decir, en defensa de los panameños que se empeñaron en hacernos aprender los pasos básicos del reggeaton romántico, que yo me he grabado a fuego el baile en sí, no vaya a ser que me haga falta en mi próximo acto social.
Para que a ustedes tampoco les pille desprevenidos, les describo los principales todo’s de esta variante del popular reggeaton: golpéate el pecho como si te hubiese quedado atorado un hueso de pollo en la garganta y pon cara de sufrimiento mientras te meneas adelante y atrás despacito. Siguiendo a rajatabla este consejo, se convertirá en el rey o la reina de la pista en la Mancomunidad de los Kuna Yala.
Pero, a lo que íbamos. El auténtico descubrimiento suizo tuvo lugar a las orillas del lago Lemán, en la diminuta localidad de Montreux.
Nosotros, de hecho, hacíamos noche en la vecina Vevey, que celebraba un festival de títeres y artistas de la calle bastante cuco… pero, ya se sabe, nos dan una bicicleta y ¡no hay distancia para la generación de Verano Azul!
Y, ¿por qué es famoso musicalmente Montreux? -se preguntarán ustedes-, ¡por muchas cosas! -les contestaré yo-.
Así, como más significativo y díficilmente obviable, en el paseo marítimo hay una señora estatua de ese genio que fue Freddy Mercury.
Al parecer, Queen grabó uno de sus discos en esta localidad suiza en 1978 y Freddy -amén del paraiso fiscal- se enamoró de la discreción de sus habitantes comprándose un apartamento cercano al lago. En Montreux, además, pasó los últimos meses de 1991.
Pero esta localidad, ya había escrito su página particular en los anales de la Historia del Rock. Durante un concierto de Frank Zappa and the Mothers of Invention el 4 de diciembre de 1971, alguien del público tuvo la brillante idea de lanzar cohetes dentro del recinto provocando un bonito incendio que arrasó con el edificio de 1883. Cuenta la leyenda que Ian Gillan, cantante de Deep Purple, que estaba ¿cambiándose la sangre? en un hotel próximo, se inspiró en la visión de las llamas y el lago para componer el riff que todo guitarrista primerizo aprende como si le fuese la vida en ello. Sí, Smoke on the Water.
Lo dicho señores y señoras ¡la música está en todas partes!.
-No fui yo quien le trajo aquí, Bartleby- dije yo muy dolido por su sospecha implícita-. Y, para usted, este tampoco debería de ser un lugar tan vil. Nada reprochable se le puede imputar por estar aquí. Y, mire, no es un lugar tan triste como podría pensarse. Mire: ahí está el cielo, y aquí la hierba.
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